Dicen que tengo buena memoria. Salvo de gente o cosas que no me interesan, me acuerdo de todo.
Pero esa buena memoria no fue de a gratis. Tuve que pasar un momento bochornoso para poner a trabajar mis neuronas.
Cuando me preguntan cómo le hago o cómo le hice para tener tan buena memoria, yo simplemente les digo que es la receta de cilantro y perejil, con un toque de yerbabuena.
Y es que hace algunos años, después de llegar de la secundaria, mi mamá, que estaba terminando de cocinar, olvidó ponerle cilantro (ramita verde que sirve para darle sabor al caldo o al arroz) a la comida.
Yo nunca supe distinguir de entre esas verduras o lo que sean, cuál era el cilantro, cuál el perejil, o cuál la yerbabuena. Para mí todas eran iguales: ramitas verdes que se podían comer.
El caso es que me mandó a la tienda a comprar una ramita de cilantro. Yo llegué a la tienda y en lo que esperaba para pedirle a la señora mi encargo, oí que una niña le decía a su mamá que si no iba a pedir perejil.
Cuando la señora me preguntó qué iba a comprar, lo primero que me vino a la mente fue el perejil (otra hojita que sirve para cocinar).
Llegué a la casa y mi mamá me regresó todo avergonzado a que cambiara lo que compré pues ella me había pedido cilantro, no perejil.
Volví a la tienda y en lo que esperaba a que me atendieran, ví que compraban yerbabuena, por lo que cuando la señora me preguntó qué quería, le dije que me había equivocado, que no era perejil sino que mi mamá me había pedido "yerbabuena".
Obvio que cuando llegué con mi mamá, después de un buen coscorrón, me regresó a cambiar la yerbabuena. Yo, completamente apenado, tuve que volver a la tienda con mi cara de niñoconpausaenelcerebro para que la señora no me regañara también.
Pero eso sí, en el camino a la tienda tuve que repetir muchas veces cilantro, cilantro, cilantro. Y cuando llegué a la tienda, cerré los ojos y me tapé los oídos con las manos para que no escuchara otra verdura que cambiara mi pedido. Y así, le pedí a la señora que me cambiara la compra. Claro que ella, en lugar de enojarse, soltó tremenda carcajada.
Desde entonces, supe utilizar la memoria, obviamente si nadie me distrae o dice otra cosa que ponga en schock todas mis neuronas. También desde entonces, no como ni cilantro ni perejil y la yerbabuena... sólo en las gomas de mascar.
Mostrando entradas con la etiqueta Despistado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Despistado. Mostrar todas las entradas
martes, 24 de noviembre de 2009
lunes, 21 de septiembre de 2009
De qué manera te olvido
Saliendo de la universidad nos fuimos a comer unos tacos y a tomar unas cervezas al tacotec, que estaba enfrente de la uni. Después de seis tacos y dos cervezas nos dirigimos a la parada del micro. Esperamos hasta que llegara el de la ruta Sullivan-Insurgentes-Río de la Loza-Fray Servando-La viga y demás. Nos subimos Miguel, Pilar y yo.
Cuando llegamos cerca de mi bajada, a la altura de Fray Servando, luego de un largo camino debido a la lluvia y al tráfico intenso de un viernes por la tarde, me levanté pero Pilar y Miguel me pidieron que les prestara los apuntes de Derecho I pues no habían acudido a una clase y también me pedían que les prestara mi cassete de los éxitos de Erasure.
Hurgué en mi morral, saqué la libreta, luego el cassete y aproveché para tomar de una vez las llaves de mi casa.
Malabareando con el movimiento de la micro, logré sacar las llaves pero advertí que enredadas en ellas se encontraban otras llaves. Las tomé con mi mano derecha, las elevé a la altura de mi cara y enfrente de mis ojos las miré fijamente.
En ese instante miré a mis amigos, me despedí abruptamente, pedí la parada urgente y de un brinco salí del vehículo. Atravecé la calle para tomar el micro que iba en dirección contraria, le hicé la parada a uno que afortunadamente iba pasando; lo tomé, me senté, inhalé hondo tratando de calmar mi respiración. En ese momento, con vergüenza y enojo, recordé lo que hice:
¡Olvidé el carro en la universidad!
Nota informativa: Logré llegar una hora después por el coche que era mi vochito. Estaba solito, enojado, ya se había ido el franelero que lo cuidaba así como los carros que lo acompañaban. Llegué a la casa alrededor de tres horas después de haber salido de clase. Conduje por la ciudad sin radio porque en el tiempo que tardé en llegar fue suficiente para que se lo robaran.
De mi ronco pecho, donde quiera que estés, te digo: De qué manera te olvido querido vochito. Ese día de olvido sirvió para que nunca más olvidara a mi compañero de parrandas universitarias, al que me dejaba dormir los sábados en las mañanas en su interior cuando no quería entrar a una clase. Ni siquiera hoy, algunos años después, te he olvidado y por ello te rindo este merecido homenaje.
Cuando llegamos cerca de mi bajada, a la altura de Fray Servando, luego de un largo camino debido a la lluvia y al tráfico intenso de un viernes por la tarde, me levanté pero Pilar y Miguel me pidieron que les prestara los apuntes de Derecho I pues no habían acudido a una clase y también me pedían que les prestara mi cassete de los éxitos de Erasure.
Hurgué en mi morral, saqué la libreta, luego el cassete y aproveché para tomar de una vez las llaves de mi casa.
Malabareando con el movimiento de la micro, logré sacar las llaves pero advertí que enredadas en ellas se encontraban otras llaves. Las tomé con mi mano derecha, las elevé a la altura de mi cara y enfrente de mis ojos las miré fijamente.
En ese instante miré a mis amigos, me despedí abruptamente, pedí la parada urgente y de un brinco salí del vehículo. Atravecé la calle para tomar el micro que iba en dirección contraria, le hicé la parada a uno que afortunadamente iba pasando; lo tomé, me senté, inhalé hondo tratando de calmar mi respiración. En ese momento, con vergüenza y enojo, recordé lo que hice:
¡Olvidé el carro en la universidad!
Nota informativa: Logré llegar una hora después por el coche que era mi vochito. Estaba solito, enojado, ya se había ido el franelero que lo cuidaba así como los carros que lo acompañaban. Llegué a la casa alrededor de tres horas después de haber salido de clase. Conduje por la ciudad sin radio porque en el tiempo que tardé en llegar fue suficiente para que se lo robaran.
De mi ronco pecho, donde quiera que estés, te digo: De qué manera te olvido querido vochito. Ese día de olvido sirvió para que nunca más olvidara a mi compañero de parrandas universitarias, al que me dejaba dormir los sábados en las mañanas en su interior cuando no quería entrar a una clase. Ni siquiera hoy, algunos años después, te he olvidado y por ello te rindo este merecido homenaje.
Etiquetas:
Despistado,
El Vocho,
olvidos,
recuerdos universitarios
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
